Es un poco largo, pero tiene pasajes a mi
juicio notables…
saludos
Bea
André Breton
Primer manifiesto surrealista [1924].
El clásico texto de André Breton que acompañó la fundación del movimiento
surrelista. Publicado durante la década de 1920, tuvo un fuerte impacto sobre el
desarrollo estético contemporáneo.
Tanta fe se tiene en la vida, en la vida en su aspecto más precario, en la vida
real, naturalmente, que la fe acaba por desaparecer. El hombre, soñador sin
remedio, al sentirse de dÃa en dÃa más descontento de su sino, examina con dolor
los objetos que le han enseñado a utilizar, y que ha obtenido al través de su
indiferencia o de su interés, casi siempre al través de su interés, ya que ha
consentido someterse al trabajo o, por lo menos no se ha negado a aprovechar las
oportunidades… ¡Lo que él llama oportunidades! Cuando llega a este momento, el
hombre es profundamente modesto: sabe cómo son las mujeres que ha poseÃdo, sabe
cómo fueron las risibles aventuras que emprendió, la riqueza y la pobreza nada
le importan, y en este aspecto el hombre vuelve a ser como un niño recién
nacido; y en cuanto se refiere a la aprobación de su conciencia moral, reconozco
que el hombre puede prescindir de ella sin grandes dificultades. Si le queda un
poco de lucidez, no tiene más remedio que dirigir la vista hacia atrás, hacia su
infancia que siempre le parecerá maravillosa, por mucho que los cuidados de sus
educadores la hayan destrozado. En la infancia la ausencia de toda norma
conocida ofrece al hombre la perspectiva de múltiples vidas vividas al mismo
tiempo; el hombre hace suya esta ilusión; sólo le interesa la facilidad
momentánea, extremada, que todas las cosas ofrecen. Todas las mañanas los niños
inician su camino sin inquietudes. Todo está al alcance de la mano, las peores
circunstancias materiales parecen excelentes. Luzca el sol o esté negro el
cielo, siempre seguiremos adelante, jamás dormiremos.
Pero no se llega muy lejos a lo largo de este camino; y no se trata solamente de
una cuestión de distancia. Las amenazas se acumulan, se cede, se renuncia a una
parte del terreno que se debÃa conquistar. Aquella imaginación que no reconocÃa
lÃmite alguno ya no puede ejercerse sino dentro de los lÃmites fijados por las
leyes de un utilitarismo convencional; la imaginación no puede cumplir mucho
tiempo esta función subordinada, y cuando alcanza aproximadamente la edad de
veinte años prefiere, por lo general, abandonar al hombre a su destino de
tinieblas.
Pero si más tarde el hombre, fuese por lo que fuere, intenta enmendarse al
sentir que poco a poco van desapareciendo todas las razones para vivir, al ver
que se ha convertido en un ser incapaz de estar a la altura de una situación
excepcional, cual la del amor, difÃcilmente logrará su propósito. Y ello es asÃ
por cuanto el hombre se ha entregado, en cuerpo y alma al imperio de unas
necesidades prácticas que no toleran el olvido. Todos los actos del hombre
carecerán de altura, todas sus ideas, de profundidad. De todo cuanto le ocurra o
cuanto pueda llegar a ocurrirle, el hombre solamente verá aquel aspecto del
conocimiento que lo liga a una multitud de acontecimientos parecidos,
acontecimientos en los que no ha tomado parte, acontecimientos que se ha
perdido. Más aún, el hombre juzgará cuanto le ocurra o pueda ocurrirle
poniéndolo en relación con uno de aquellos acontecimientos últimos, cuyas
consecuencias sean más tranquilizadoras que las de los demás. Bajo ningún
pretexto sabrá percibir su salvación.
Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas.
Ã?nicamente la palabra libertad tiene el poder de exaltarme. Me parece justo y
bueno mantener indefinidamente este viejo fanatismo humano. Sin duda alguna, se
basa en mi única aspiración legÃtima. Pese a tantas y tantas desgracias como
hemos heredado, es preciso reconocer que se nos ha legado una libertad
espiritual suma. A nosotros corresponde utilizarla sabiamente. Reducir la
imaginación a la esclavitud, cuando a pesar de todo quedará esclavizada en
virtud de aquello que con grosero criterio se denomina felicidad, es despojar a
cuanto uno encuentra en lo más hondo de sà mismo del derecho a la suprema
justicia. Tan sólo la imaginación me permite llegar a saber lo que puede llegar
a ser, y esto basta para mitigar un poco su terrible condena; y esto basta
también para que me abandone a ella, sin miedo al engaño (como si pudiéramos
engañarnos todavÃa más). ¿En qué punto comienza la imaginación a ser perniciosa
y en qué punto deja de existir la seguridad del espÃritu? ¿Para el espÃritu,
acaso la posibilidad de errar no es sino una contingencia del bien?
Queda la locura, la locura que solemos recluir, como muy bien se ha dicho. Esta
locura o la otra… Todos sabemos que los locos son internados en méritos de un
reducido número de actos reprobables, y que, en la ausencia de estos actos, su
libertad (y la parte visible de su libertad) no serÃa puesta en tela de juicio.
Estoy plenamente dispuesto a reconocer que los locos son, en cierta medida,
vÃctimas de su imaginación, en el sentido que ésta le induce quebrantar ciertas
reglas, reglas cuya transgresión define la calidad de loco, lo cual todo ser
humano ha de procurar saber por su propio bien. Sin embargo, la profunda
indiferencia de los locos dan muestra con respecto a la crÃtica de que les
hacemos objeto, por no hablar ya de las diversas correcciones que les
infligimos, permite suponer que su imaginación les proporciona grandes
consuelos, que gozan de su delirio lo suficiente para soportar que tan sólo
tenga validez para ellos. Y, en realidad, las alucinaciones, las visiones,
etcétera, no son una fuente de placer despreciable. La sensualidad más culta
goza con ella, y me consta que muchas noches acariciarÃa con gusto aquella linda
mano que, en las últimas páginas de Lâ??Intelligence, de Taine, se entrega a tan
curiosas fechorÃas. Me pasarÃa la vida entera dedicado a provocar las
confidencias de los locos. Son como la gente de escrupulosa honradez, cuya
inocencia tan sólo se pude comparar a la mÃa. Para poder descubrir América,
Colón tuvo que iniciar el viaje en compañÃa de locos. Y ahora podéis ver que
aquella locura dio frutos reales y duraderos.
No será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar la bandera de la
imaginación.
Después de haber instruido proceso a la actitud materialista, es imperativo
instruir proceso a la actitud realista. Aquélla, más poética que ésta, desde
luego, presupone en el hombre un orgullo monstruoso, pero no comporta una nueva
y más completa frustración. Es conveniente ver ante todo en dicha escuela
bienhechora reacción contra ciertas risibles tendencias del espiritualismo. Y,
por fin, la actitud materialista no es incompatible con cierta elevación
intelectual.
Contrariamente, la actitud realista, inspirada en el positivismo, desde Santo
Tomás a Anatole France, me parece hostil a todo género de elevación intelectual
y moral. Le tengo horror por considerarla resultado de la mediocridad, del odio,
y de vacÃos sentimientos de suficiencia. Esta actitud es la que ha engendrado en
nuestros dÃas esos libros ridÃculos y esas obras teatrales insultantes. Se
alimenta incesantemente de las noticias periodÃsticas, y traiciona a la ciencia
y al arte, al buscar halagar al público en sus gustos más rastreros; su claridad
roza la estulticia, y está a altura perruna. Esta actitud llega a perjudicar la
actividad de las mejores inteligencias, ya que la ley del mÃnimo esfuerzo
termina por imponerse a éstas, al igual que a las demás. Una consecuencia
agradable de dicho estado de cosas estriba, en el terreno de la literatura, en
la abundancia de novelas. Todos ponen a contribución sus pequeñas dotes de
«observación». A fin de proceder a aislar los elementos esenciales, M. Paul
Valéry propuso recientemente la formación de una antologÃa en la que se reuniera
el mayor número posible de novelas primerizas cuya insensatez esperaba alcanzase
altas cimas. En esta antologÃa también figurarÃan obras de los autores más
famosos. Esta es una idea que honra a Paul Valéry, quien no hace mucho me
aseguraba, en ocasión de hablarme del género novelÃstico que siempre se negarÃa
a escribir la siguiente frase: la marquesa salió a las cinco. Pero, ¿ha cumplido
la palabra dada?
Si reconocemos que el estilo pura y simplemente informativo, del que la frase
antes citada constituye un ejemplo, es casi exclusivo patrimonio de la novela,
será preciso reconocer también que sus autores no son excesivamente ambiciosos.
El carácter circunstanciado, inútilmente particularista de cada una de sus
observaciones me induce a sospechar que tan sólo pretenden divertirse a mis
expensas. No me permiten tener siquiera la menor duda acerca de los personajes:
¿será este personaje rubio o moreno? ¿Cómo se llamará? ¿Le conoceremos en
verano…? Todas estas interrogantes quedan resueltas de una vez para siempre, a
la buena de Dios; no me queda más libertad que la de cerrar el libro, de lo cual
no suelo privarme tan pronto llego a la primera página de la obra, más o menos.
¡Y las descripciones! En cuanto a vaciedad, nada hay que se les pueda comparar;
no son más que superposiciones de imágenes de catálogo, de las que el autor se
sirve sin limitación alguna, y aprovecha la ocasión para poner bajo mi vista sus
tarjetas postales, buscando que juntamente con él fije mi atención en los
lugares comunes que me ofrece:
La pequeña estancia a la que hicieron pasar al joven tenÃa las paredes cubiertas
de papel amarillo; en las ventanas habÃa geranios y estaban cubiertas con
cortinillas de muselina, el sol poniente lo iluminaba todo con su luz cruda. En
la habitación no habÃa nada digno de ser destacado. Los muebles de madera blanca
eran muy viejos. Un diván de alto respaldo inclinado, ante el diván una mesa de
tablero ovalado, un lavabo y un espejo adosados a un entrepaño, unas cuantas
sillas arrimadas a las paredes, dos o tres grabados sin valor que representaban
a unas señoritas alemanas con pájaros en las manos… A eso se reducÃa el
mobiliario.(1)
No estoy dispuesto a admitir que la inteligencia se ocupe, siquiera de paso, de
semejantes temas. Habrá quien diga que esta parvularia descripción está en el
lugar que le corresponde, y que en este punto de la obra el autor tenÃa sus
razones para atormentarme. Pero no por eso dejó de perder el tiempo, porque yo
en ningún momento he penetrado en tal estancia. La pereza, la fatiga de los
demás no me atraen. Creo que la continuidad de la vida ofrece altibajos
demasiado contrastados para que mis minutos de depresión y de debilidad tengan
el mismo valor que mis mejores minutos. Quiero que la gente se calle tan pronto
deje de sentir. Y quede bien claro que no ataco la falta de originalidad por la
falta de originalidad. Me he limitado a decir que no dejo constancia de los
momentos nulos de mi vida, y que me parece indigno que haya hombres que expresen
los momentos que a su juicio son nulos. Permitidme que me salte la descripción
arriba reproducida, asà como muchas otras.
Y ahora llegamos a la psicologÃa, tema sobre el que no tendré el menor empacho
en bromear un poco.
El autor coge un personaje, y, tras haberlo descrito, hace peregrinar a su héroe
a lo largo y ancho del mundo. Pase lo que pase, dicho héroe, cuyas acciones y
reacciones han sido admirablemente previstas, no debe comportarse de un modo que
discrepe, pese a revestir apariencias de discrepancia, de los cálculos de que ha
sido objeto. Aunque el oleaje de la vida cause la impresión de elevar al
personaje, de revolcarlo, de hundirlo, el personaje siempre será aquel tipo
humano previamente formado. Se trata de una simple partida de ajedrez que no
despierta mi interés, porque el hombre, sea quien sea, me resulta un adversario
de escaso valor. Lo que no puedo soportar son esas lamentables disquisiciones
referentes a tal o mal jugada, cuando ello no comporta ganar ni perder. Y si el
viaje no merece las alforjas, si la razón objetiva deja en el más terrible
abandono -y esto es lo que ocurre- a quien la llama en su ayuda, ¿no será mejor
prescindir de tales disquisiciones? «La diversidad es tan amplia que en ella
caben todos los tonos de voz, todos los modos de andar, de toser, de sonarse, de
estornudar…»(2) Si un racimo de uvas no contiene dos granos semejantes, ¿a
santo de qué describir un grano en representación de otro, un grano en
representación de todos, un grano que, en virtud de mi arte, resulte comestible?
La insoportable manÃa de equiparar lo desconocido a lo conocido, a lo
clasificable, domina los cerebros. El deseo de análisis impera sobre los
sentimientos(3). De ahà nacen largas exposiciones cuya fuerza persuasiva radica
tan sólo en su propio absurdo, y que tan sólo logran imponerse al lector,
mediante el recurso a un vocabulario abstracto, bastante vago, ciertamente. Si
con ello resultara que las ideas generales que la filosofÃa se ha ocupado de
estudiar, hasta el presente momento, penetrasen definitivamente en un ámbito más
amplio, yo serÃa el primero en alegrarme. Pero no es asÃ, y todo queda reducido
a un simple discreteo; por el momento, los rasgos de ingenio y otras galanas
habilidades, en vez de dedicarse a juegos inocuos consigo mismas, ocultan a
nuestra visión, en la mayorÃa de los casos, el verdadero pensamiento que, a su
vez, se busca a sà mismo. Creo que todo acto lleva en sà su propia
justificación, por lo menos en cuanto respecta a quien ha sido capaz de
ejecutarlo; creo que todo acto está dotado de un poder de irradiación de luz al
que cualquier glosa, por ligera que sea, siempre debilitará. El solo hecho de
que un acto sea glosado determina que, en cierto modo, este acto deje de
producirse. El adorno del comentario ningún beneficio produce al acto. Los
personajes de Stendhal quedan aplastados por las apreciaciones del autor,
apreciaciones más o menos acertadas pero que en nada contribuyen a la mayor
gloria de los personajes, a quienes verdaderamente descubrimos en el instante en
que escapan del poder de Stendhal.
TodavÃa vivimos bajo el imperio de la lógica, y precisamente a eso querÃa
llegar. Sin embargo, en nuestros dÃas, los procedimientos lógicos tan sólo se
aplican a la resolución de problemas de interés secundario. La parte de
racionalismo absoluto que todavÃa solamente puede aplicarse a hechos
estrechamente ligados a nuestra experiencia. Contrariamente, las finalidades de
orden puramente lógico quedan fuera de su alcance. Huelga decir que la propia
experiencia se ha visto sometida a ciertas limitaciones. La experiencia está
confinada en una jaula, en cuyo interior da vueltas y vueltas sobre sà misma, y
de la que cada vez es más difÃcil hacerla salir. La lógica también, se basa en
la utilidad inmediata, y queda protegida por el sentido común. So pretexto de
civilización, con la excusa del progreso, se ha llegado a desterrar del reino
del espÃritu cuanto pueda clasificarse, con razón o sin ella, de superstición o
quimera; se ha llegado a proscribir todos aquellos modos de investigación que no
se conformen con los imperantes. Al parecer, tan sólo al azar se debe que
recientemente se haya descubierto una parte del mundo intelectual, que, a mi
juicio, es, con mucho, la más importante y que se pretendÃa relegar al olvido. A
este respecto, debemos reconocer que los descubrimientos de Freud han sido de
decisiva importancia. Con base en dichos descubrimientos, comienza al fin a
perfilarse una corriente de opinión, a cuyo favor podrá el explorador avanzar y
llevar sus investigaciones a más lejanos territorios, al quedar autorizado a
dejar de limitarse únicamente a las realidades más someras. Quizá haya llegado
el momento en que la imaginación esté próxima a volver a ejercer los derechos
que le corresponden. Si las profundidades de nuestro espÃritu ocultan extrañas
fuerzas capaces de aumentar aquellas que se advierten en la superficie, o de
luchar victoriosamente contra ellas, es del mayor interés captar estas fuerzas,
captarlas ante todo para, a continuación, someterlas al dominio de nuestra
razón, si es que resulta procedente. Con ello, incluso los propios analistas no
obtendrán sino ventajas. Pero es conveniente observar que no se ha ideado a
priori ningún método para llevar a cabo la anterior empresa, la cual, mientras
no se demuestre lo contrario, puede ser competencia de los poetas al igual que
de los sabios, y que el éxito no depende de los caminos más o menos caprichosos
que se sigan.
Con toda justificación, Freud ha proyectado su labor crÃtica sobre los sueños,
ya que, efectivamente, es inadmisible que esta importante parte de la actividad
psÃquica haya merecido, por el momento, tan escasa atención. Y ello es asà por
cuanto el pensamiento humano, por lo menos desde el instante del nacimiento del
hombre hasta el de su muerte, no ofrece solución de continuidad alguna, y la
suma total de los momentos de sueño, desde un punto de vista temporal, y
considerando solamente el sueño puro, el sueño de los perÃodos en que el hombre
duerme, no es inferior a la suma de los momentos de realidad, o, mejor dicho, de
los momentos de vigilia. La extremada diferencia, en cuanto a importancia y
gravedad, que para el observador ordinario existe entre los acontecimientos en
estado de vigilia y aquellos correspondientes al estado de sueño, siempre ha
sido sorprendente. Asà es debido a que el hombre se convierte, principalmente
cuando deja de dormir, en juguete de su memoria que, en el estado normal, se
complace en evocar muy débilmente las circunstancias del sueño, a privar a éste
de toda trascendencia actual, y a situar el único punto de referencia del sueño
en el instante en que el hombre cree haberlo abandonado, unas cuantas horas
antes, en el instante de aquella esperanza o de aquella preocupación anterior.
El hombre, al despertar, tiene la falsa idea de emprender algo que vale la pena.
Por esto, el sueño queda relegado al interior de un paréntesis, igual que la
noche. Y, en general, el sueño, al igual que la noche, se considera irrelevante.
Este singular estado de cosas me induce a algunas reflexiones, a mi juicio,
oportunas:
1. Dentro de los lÃmites en que se produce (o se cree que se produce), el sueño
es, según todas las apariencias, continuo con trazas de tener una organización o
estructura. Ã?nicamente la memoria se irroga el derecho de imponerlas, de no
tener en cuenta las transiciones y de ofrecernos antes una serie de sueños que
el sueño propiamente dicho. Del mismo modo, únicamente tenemos una
representación fragmentaria de las realidades, representación cuya coordinación
depende de la voluntad (4). Aquà es importante señalar que nada puede justificar
el proceder a una mayor dislocación de los elementos constitutivos del sueño.
Lamento tener que expresarme mediante unas fórmulas que, en principio, excluyen
el sueño. ¿Cuándo llegará, señores lógicos, la hora de los filósofos durmientes?
Quisiera dormir para entregarme a los durmientes, del mismo modo que me entrego
a quienes me leen, con los ojos abiertos, para dejar de hacer prevalecer, en
esta materia, el ritmo consciente de mi pensamiento. Acaso mi sueño de la última
noche sea continuación del sueño de la precedente, y prosiga, la noche
siguiente, con un rigor harto plausible. Es muy posible, como suele decirse. Y
habida cuenta de que no se ha demostrado en modo alguno que al ocurrir lo antes
dicho la «realidad» que me ocupa subsista en el estado de sueño, que esté
oscuramente presente en una zona ajena a la memoria, ¿por qué razón no he de
otorgar al sueño aquello que a veces niego a la realidad, este valor de
certidumbre que, en el tiempo en que se produce, no queda sujeto a mi
escepticismo? ¿Por qué no espero de los indicios del sueño más lo que espero de
mi grado de conciencia, de dÃa en dÃa más elevado? ¿No cabe acaso emplear
también el sueño para resolver los problemas fundamentales de la vida? ¿Estas
cuestiones son las mismas tanto en un estado como en el otro, y, en el sueño,
tienen ya el carácter de tales cuestiones? ¿Conlleva el sueño menos sanciones
que cuanto no sea sueño? Envejezco, y quizá sea sueño, antes que esta realidad a
la que creo ser fiel, y quizá sea la indiferencia con que contemplo el sueño lo
que me hace envejecer.
2. Vuelvo, una vez más, al estado de vigilia. Estoy obligado a considerarlo como
un fenómeno de interferencia. Y no sólo ocurre que el espÃritu da muestras, en
estas condiciones, de una extraña tendencia a la desorientación (me refiero a
los lapsus y malas interpretaciones de todo género, cuyas causas secretas
comienzan a sernos conocidas) sino que, lo que es todavÃa más, parece que el
espÃritu, en su funcionamiento normal, se limite a obedecer sugerencias
procedentes de aquella noche profunda de la que yo acabo de extraerle. Por muy
bien condicionado que esté, el equilibrio del espÃritu es siempre relativo. El
espÃritu apenas se atreve a expresarse y, caso de que lo haga, se limita a
constatar que tal idea, tal mujer, le hace efecto. Es incapaz de expresar de qué
clase de efecto se trata, lo cual únicamente sirve para darnos la medida de su
subjetivismo. Aquella idea, aquella mujer, conturban al espÃritu, le inclinan a
no ser tan rÃgido, producen el efecto de aislarle durante un segundo del
disolvente en que se encuentra sumergido, de depositarle en el cielo, de
convertirle en el bello precipitado que puede llegar a ser, en el bello
precipitado que es. Carente de esperanzas de hallar las causas de lo anterior,
el espÃritu recurre al azar, divinidad más oscura que cualquiera otra, a la que
atribuye todos sus extravÃos. ¿Y quién podrá demostrarme que la luz bajo la que
se presenta esa idea que impresiona al espÃritu, bajo la que advierte aquello
que más ama en los ojos de aquella mujer, no sea precisamente el vÃnculo que le
une al sueño, que le encadena a unos presupuestos básicos que, por su propia
culpa, ha olvidado? ¿Y si no fuera asÃ, de qué serÃa el espÃritu capaz? Quisiera
entregarle la llave que le permitiera penetrar en estos pasadizos.
3. El espÃritu del hombre que sueña queda plenamente satisfecho con lo que
sueña. La angustiante incógnita de la posibilidad deja de formularse. Mata,
vuela más de prisa, ama cuanto quieras. Y si mueres, ¿acaso no tienes la certeza
de despertar entre los muertos? Déjate llevar, los acontecimientos no toleran
que los difieras. Careces de nombre. Todo es de una facilidad preciosa.
Me pregunto qué razón, razón muy superior a la otra, confiere al sueño este aire
de naturalidad, y me induce a acoger sin reservas una multitud de episodios cuya
rareza me deja anonadado, ahora, en el momento en que escribo. Sin embargo, he
de creer el testimonio de mi vista, de mis oÃdos; aquel dÃa tan hermoso existió,
y aquel animal habló.
La dureza del despertar del hombre, lo súbito de la ruptura del encanto, se debe
a que se le ha inducido ha formarse una débil idea de lo que es la expiación.
4. En el instante en que el sueño sea objeto de un examen metódico o en que, por
medios aún desconocidos, lleguemos a tener conciencia del sueño en toda su
integridad (y esto implica una disciplina de la memoria que tan sólo se puede
lograr en el curso de varias generaciones, en la que se comenzarÃa por registrar
ante todo los hechos más destacados) o en que su curva se desarrolle con una
regularidad y amplitud hasta el momento desconocidas, cabrá esperar que los
misterios que dejen de serlo nos ofrezcan la visión de un gran Misterio. Creo en
la futura armonización de estos dos estados, aparentemente tan contradictorios,
que son el sueño e la realidad, en una especie de realidad absoluta, en una
sobrerrealidad o surrealidad, si asà se puede llamar. Esto es la conquista que
pretendo, en la certeza de jamás conseguirla, pero demasiado olvidadizo de la
perspectiva de la muerte para privarme de anticipar un poco los goces de tal
posesión.
Se cuenta que todos los dÃas, en el momento de disponerse a dormir,
Saint-Pol-Roux hacÃa colocar en la puerta de su mansión de Camaret un cartel en
el que se leÃa: EL POETA TRABAJA.
HabrÃa mucho más que añadir sobre este tema, pero tan sólo me he propuesto
tocarlo ligeramente y de pasada, ya que se trata de algo que requiere una
exposición muy larga y mucho más rigurosa; más adelante volveré a ocuparme de
él. En la presente ocasión, he escrito con el propósito de hacer justicia a lo
maravilloso, de situar en su justo contexto este odio hacia lo maravilloso que
ciertos hombres padecen, este ridÃculo que algunos pretenden atribuir a lo
maravilloso. Digámoslo claramente: lo maravilloso es siempre bello, todo lo
maravilloso, sea lo que fuere, es bello, e incluso debemos decir que solamente
lo maravilloso es bello.
En el ámbito de la literatura únicamente lo maravilloso puede dar vida a las
obras pertenecientes a géneros inferiores, tal como el novelÃstico, y, en
general, todos los que se sirven de la anécdota. El monje, de Lewis, constituye
una admirable demostración de lo anterior. El soplo de lo maravilloso penetra la
obra entera. Mucho antes de que el autor haya liberado a sus personajes de toda
servidumbre temporal, se nota que están prestos a actuar con su orgullo carente
de precedentes. Aquella pasión de eternidad que les eleva incesantemente da
acentos inolvidables a su tortura y a la mÃa. A mi entender, este libro exalta
ante todo, desde el principio al fin, y de la manera más pura que jamás se haya
dado, cuanto en el espÃritu aspira a elevarse del suelo; y esta obra, una vez
una vez despojada de su fabulación novelesca, de moda en la época en que fue
escrita, constituye un ejemplo de justeza y de inocente grandeza (5). A mi
juicio pocas son las obras que la superan, y el personaje de Mathilde, en
especial, es la creación más conmovedora que cabe anotar en las partidas del
activo de aquella moda de figuración en literatura. Mathilde no es tanto un
personaje cuanto una constante tentación. Y si un personaje no es una tentación,
¿qué otra cosa puede ser? Extremada tentación la de Mathilde. El principio «nada
es imposible para quien quiere arriesgarse» tiene en El monje su máxima fuerza
de convicción. Las apariciones ejercen en esta obra una función lógica, por
cuanto el espÃritu crÃtico no se preocupa de desmentirlas. Del mismo modo, el
castigo de Ambrosio queda tratado de manera plenamente legÃtima, ya que a fin de
cuentas es aceptado por el espÃritu crÃtico como un desenlace natural.
Quizá parezca injustificado que haya empleado el anterior ejemplo, al referirme
a lo maravilloso, cuando las literaturas nórdicas y las orientales se han
servido de él constantemente, por no hablar ya de las literaturas propiamente
religiosas de todos los paÃses. Sin embargo, si asà lo he hecho, ello se debe a
que los ejemplos que estas literaturas hubieran podido proporcionarme están
plagados de puerilidades, ya que se dirigen a niños. En un principio, éstos no
pueden percibir lo maravilloso, y, después, no conservan la suficiente
virginidad espiritual para que Piel de Asno les produzca demasiado placer. Por
encantadores que sean los cuentos de hadas, el hombre se sentirÃa frustrado si
tuviera que alimentarse sólo con ellos, y, por otra parte, reconozco que no
todos los cuentos de hadas son adecuados para los adultos. La trama de adorables
inverosimilitudes exige una mayor finura espiritual que la propia de muchos
adultos, y uno ha de ser capaz de esperar todavÃa mayores locuras… Pero la
sensibilidad jamás cambia radicalmente. El miedo, la atracción sentida hacia lo
insólito, el azar, el amor al lujo, son recursos que nunca se utilizarán
estérilmente. Hay muchos cuentos que escribir con destino a los mayores, cuentos
que todavÃa son casi azules.
Lo maravilloso no siempre es igual en todas las épocas; lo maravilloso participa
oscuramente de cierta clase de revelación general de la que tan sólo percibimos
los detalles: éstos son las ruinas románticas, el maniquà moderno, o cualquier
otro sÃmbolo susceptible de conmover la sensibilidad humana durante cierto
tiempo. Sin embargo, en estos cuadros que nos hacen sonreÃr se refleja siempre
la irremediable inquietud humana, y por esto he fijado mi atención en ellos, ya
que los estimo inseparablemente unidos a ciertas producciones geniales que están
más dolorosamente influenciadas por aquella inquietud que muchas otras obras. Y
al decirlo, pienso en los patÃbulos de Villon, en los griegos de Racine, en los
divanes de Baudelaire. Coinciden con un eclipse del buen gusto que soportar muy
bien, por cuanto considero que el buen gusto es una formidable lacra. En el
ambiente de mal gusto propio de mi época, me esfuerzo en llegar lejos que
cualquier otro. Si hubiese vivido en 1820 yo hubiera hablado de la
«ensangrentada monja», y no hubiera ahorrado aquel astuto y trivial
«disimulemos» de que habla el Cuisin enamorado de la parodia, y yo hubiese
utilizado las gigantescas metáforas en todas las fases, tal como Cuisin dice,
del curso del «disco, plateado». En los presentes dÃas pienso en un castillo, la
mitad del cual no ha de encontrarse forzosamente en ruinas; este castillo es
mÃo, y le veo situado en un lugar agreste, no muy lejos de ParÃs. Las
dependencias de este castillo son infinitas, y su interior ha sido terriblemente
restaurado, de modo que no deja nada que desear en cuanto se refiere a
comodidades. Ante la puerta que las sombras de los árboles ocultan, hay
automóviles que esperan. Algunos de mis amigos viven en él: ahà va Louis Aragón,
que abandona el castillo y apenas tiene tiempo para deciros adiós; Philippe
Soupault se levanta con las estrellas, y Paul Eluard, nuestro gran Eluard,
todavÃa no ha regresado. Ahà están Robert Desnos y Roger Vitrac, que descifran
en el parque un viejo edicto sobre los duelos; y Georges Auric y Jean Paulhan;
Max Morise, quien tan bien rema, y Benjamin Péret, con sus ecuaciones de
pájaros; y Joseph Delteil; y Jean Carrive; y Georges Limbour, y Georges Limbour
(hay un bosque de Georges Limbour); y Marcel Noll; he ahà a T. Fraenkel, quien
nos saludó desde un globo cautivo, Georges Malkine, Antonin Artaud, Francis
Gérard, Pierre Naville, J.-A. Boiffard, después Jacques Baron y su hermano,
apuestos y cordiales, y tantos otros, y mujeres de arrebatadora belleza, de
verdad. A esa gente joven nada se le puede negar, y, en cuanto concierne a la
riqueza, sus deseos son órdenes. Francis Picabia nos visita, y, la semana
pasada, hemos dado una recepción a un tal Marcel Duchamp, a quien todavÃa no
conocÃamos. Picasso caza por los alrededores. El espÃritu de la desmoralización
ha fijado su domicilio en el castillo, y a él recurrimos todas las veces que
tenemos que entrar en relación con nuestros semejantes, pero las puertas están
siempre abiertas, y no comenzamos nuestras relaciones dando las gracias al
prójimo, ¿saben ustedes? Por lo demás, grande es la soledad, y no nos reunimos
con frecuencia, porque, ¿acaso lo esencial no es que seamos dueños de nosotros
mismos, y, también, señores de las mujeres y del amor?
Se me acusará de incurrir en mentiras poéticas; todos dirán que vivo en la calle
Fontaine, y que jamás gozarán de tanta belleza. ¡Maldita sea! ¿Es absolutamente
seguro que este castillo del que acabo de hacer los honores se reduce
simplemente a una imagen? Pero, si a pesar de todo tal castillo existiera… AhÃ
están más invitados para dar fe; su capricho es el camino luminoso que a él
conduce. En verdad, vivimos en nuestra fantasÃa, cuando estamos en ella. ¿Y cómo
es posible que cada cual pueda molestar al otro, allÃ, protegidos dos por el
afán sentimental, al encuentro de las ocasiones?
El hombre propone y dispone. Tan sólo de él depende poseerse por entero, es
decir, mantener en estado de anarquÃa la cuadrilla de sus deseos, de dÃa en dÃa
más temible. Y esto se lo enseña la poesÃa. La lleva en sà la perfecta
compensación de las miserias que padecemos. Y también puede actuar como
ordenadora, por poco que uno se preocupe, bajo los efectos de una decepción
menos Ãntima, de tomársela a lo trágico. ¡Se acercan los tiempos en que la
poesÃa decretará la muerte del dinero, y ella sola romperá en pan del cielo para
la tierra! Habrá aún asambleas en las plazas públicas, y movimientos en los que
uno habrÃa pensado en tomar parte. ¡Adiós absurdas selecciones, sueños de
vorágine, rivalidades, largas esperas, fuga de las estaciones, artificial orden
de las ideas, pendiente del peligro, tiempo omnipresente! Preocupémonos tan sólo
de practicar la poesÃa. ¿Acaso no somos nosotros, los que ya vivimos de la
poesÃa, quienes debemos hacer prevalecer aquello que consideramos nuestra más
vasta argumentación?
Poco importa que se dé cierta desproporción entre la anterior defensa y la
ilustración que viene a continuación. Antes, hemos intentado remontarnos a las
fuentes de la imaginación poética, y, lo que es más difÃcil todavÃa, quedarnos
en ellas. Y conste que no pretendo haberlo logrado. Es preciso aceptar una gran
responsabilidad, si uno pretende establecerse en aquellas lejanas regiones en
las que, desde un principio, todo parece desarrollarse de tan mala manera, y más
todavÃa si uno pretende llevar al prójimo a ellas. De todos modos, el caso es
que uno nunca está seguro de hallarse verdaderamente en ellas. Uno siempre está
tan propicio a aburrirse como a irse a otro lugar y quedarse en él. Siempre hay
una flecha que indica la dirección en que hay que avanzar para llegar a estos
paÃses, y alcanzar la verdadera meta no depende más que del buen ánimo del
viajero.
Ya sabemos, poco más o menos, el camino seguido. Tiempo atrás me tomé el trabajo
de contar, en el curso de un estudio sobre el caso de Robert Desnos, titulado
«Entrada de los médiums» (6), que me habÃa sentido inducido a «fijar mi atención
en frases más o menos parciales que, en plena soledad, cuando el sueño se
acerca, devienen perceptibles al espÃritu, sin que sea posible descubrir su
previo factor determinante». Entonces, intenté correr la aventura de la poesÃa,
reduciendo los riesgos al mÃnimo, con lo cual quiero decir que mis aspiraciones
eran las mismas que tengo hoy, pero entonces confiaba en la lentitud de la
elaboración, a fin de hurtarme a inútiles contactos, a contactos a los que yo
era muy hostil. Esto se debÃa a cierto pudor intelectual, del que todavÃa me
queda un poco. Al término de mi vida, difÃcil será, sin duda, que hable como se
suele hablar, que excuse el tono de mi voz y el reducido número de mis gestos.
La perfección en la palabra hablada (y en la palabra escrita mucho más) me
parecÃa estar en función de la capacidad de condensar de manera emocionante la
exposición (y exposición habÃa) de un corto número de hechos, poéticos o no, que
constituÃan la materia en que centraba mi atención. HabÃa llegado a la
convicción de que éste, y no otro, era el procedimiento empleado por Rimbaud.
Con una preocupación por la variedad, digna de mejor causa, compuse los últimos
poemas de Monte de Piedad, con lo que quiero decir que de las lÃneas en blanco
de este libro llegué a sacar un partido increÃble.
Estas lÃneas equivalÃan a mantener los ojos cerrados ante unas operaciones del
pensamiento que me consideraba obligado a ocultar al lector. Eso no significaba
que yo hiciera trampa, sino solamente que obraba impulsado por el deseo de
superar obstáculos bruscamente. ConseguÃa hacerme la ilusión de gozar de una
posible complicidad, de la que de dÃa en dÃa me era más difÃcil prescindir. Me
entregué a prestar una inmoderada atención a las palabras, en cuanto se referÃa
al espacio que admitÃan a su alrededor, a sus tangenciales contactos con otras
palabras prohibidas que no escribÃa. El poema «Bosque negro», deriva
precisamente de este estado de espÃritu. Emplee seis meses en escribirlo, y les
aseguro que no descansé ni un dÃa. Pero de este poema dependÃa la propia
estimación en que me tenÃa, en aquel entonces, y creo que todos comprenderéis mi
actitud, aun cuando no la consideréis suficientemente motivada. Me gusta hacer
estas confesiones estúpidas. En aquellos tiempos, se intentaba implantar la
seudopoesÃa cubista, pero habÃa nacido inerme del cerebro de Picasso, y en
cuanto a mà hace referencia debo decir que era considerado como un ser más
pesado que una lápida (y todavÃa se me considera asÃ). Por otra parte, no estaba
seguro de seguir el buen camino, en lo referente a poesÃa, pero procuraba
protegerme como mejor podÃa, enfrentándome con el lirismo, contra el que
esgrimÃa todo género de definiciones y fórmulas (no tardarÃan mucho en
producirse los fenómenos Dada), y pretendiendo hallar una aplicación de la
poesÃa a la publicidad (aseguraba que todo terminarÃa, no con la culminación de
un hermoso libro, sino con la de una bella frase de reclamo en pro del infierno
o del cielo).
En esta época, un hombre que, por lo menos era tan pesado como yo, es decir,
Pierre Reverdy, escribió:
La imagen es una creación pura del espÃritu.
La imagen no puede nacer de una comparación, sino del acercamiento de dos
realidades más o menos lejanas.
Cuanto más lejanas y justas sean las concomitancias de las dos realidades objeto
de aproximación, más fuerte será la imagen, más fuerza emotiva y más realidad
poética tendrá… (7)
Estas palabras, un tanto sibilinas para los profanos, tenÃan gran fuerza
reveladora, y yo las medité durante mucho tiempo. Pero la imagen se me escapaba.
La estética de Reverdy, estética totalmente a posteriori me inducÃa a confundir
las causas con los efectos. En el curso de mis meditaciones, renuncié
definitivamente a mi anterior punto de vista.
El caso es que una noche, antes de caer dormido, percibÃ, netamente articulada
hasta el punto de que resultaba imposible cambiar ni una sola palabra, pero
ajena al sonido de la voz, de cualquier voz, una frase harto rara que llegaba
hasta mà sin llevar en sà el menor rastro de aquellos acontecimientos de que,
según las revelaciones de la conciencia, en aquel entonces me ocupaba, y la
frase me pareció muy insistente, era una frase que casi me atreverÃa a decir
estaba pegada al cristal. Grabé rápidamente la frase en mi conciencia y, cuando
me disponÃa a pasar a, otro asunto, el carácter orgánico de la frase retuvo mi
atención. Verdaderamente, la frase me habÃa dejado atónito; desgraciadamente no
la he conservado en la memoria, era algo asà como «Hay un hombre a quien la
ventana ha partido por la mitad», pero no habÃa manera de interpretarla
erróneamente, ya que iba acompañada de una débil representación visual (8) de un
hombre que caminaba, partido, por la mitad del cuerpo aproximadamente, por una
ventana perpendicular al eje de aquél. Sin duda se trataba de la consecuencia
del simple acto de enderezar en el espacio la imagen de un hombre asomado a la
ventana. Pero debido a que la ventana habÃa acompañado al desplazamiento del
hombre, comprendà que me hallaba ante una imagen de un tipo muy raro, y tuve
rápidamente la idea de incorporarla al acervo de mi material de construcciones
poéticas. No hubiera concedido tal importancia a esta frase si no hubiera dado
lugar a una sucesión casi ininterrumpida de frases que me dejaron poco menos
sorprendido que la primera, y que me produjeron un sentimiento de gratitud
(gratuidad) tan grande que el dominio que, hasta aquel instante, habÃa
conseguido sobre mà mismo me pareció ilusorio, y comencé a preocuparme
únicamente de poner fin a la interminable lucha que se desarrollaba en mi
interior (9).
En aquel entonces, todavÃa estaba muy interesado en Freud, y conocÃa sus métodos
de examen que habÃa tenido ocasión de practicar con enfermos durante la guerra,
por lo que decidà obtener de mà mismo lo que se procura obtener de aquéllos, es
decir, un monólogo lo más rápido posible, sobre el que el espÃritu crÃtico del
paciente no formule juicio alguno, que, en consecuencia, quede libre de toda
reticencia, y que sea, en lo posible, equivalente a pensar en voz alta. Me
pareció entonces, y sigue pareciéndome ahora -la manera en que me llegó la frase
del hombre cortado en dos lo demuestra-, que la velocidad del pensamiento no es
superior a la de la palabra, y que no siempre gana a la de la palabra, ni
siquiera a la de la pluma en movimiento. Basándonos en esta premisa, Philippe
Soupault, a quien habÃa comunicado las primeras conclusiones a que habÃa
llegado, y yo nos dedicamos a emborronar papel, con loable desprecio hacia los
resultados literarios que de tal actividad pudieran surgir. La facilidad en la
realización material de la tarea hizo todo lo demás. Al término del primer dÃa
de trabajo, pudimos leernos recÃprocamente unas cincuenta páginas escritas del
modo antes dicho, y comenzamos a comparar los resultados. En conjunto, lo
escrito por Soupault y por mà tenÃa grandes analogÃas, se advertÃan los mismos
vicios de construcción y errores de la misma naturaleza, pero, por otra parte,
también habÃa en aquellas páginas la ilusión de una fecundidad extraordinaria,
mucha emoción, un considerable conjunto de imágenes de una calidad que no
hubiésemos sido capaces de conseguir, ni siquiera una sola, escribiendo
lentamente, unos rasgos de pintoresquismo especialÃsimo y, aquà y allá, alguna
frase de gran comicidad. Las únicas diferencias que se advertÃan en nuestros
textos me parecieron derivar esencialmente de nuestros respectivos
temperamentos, el de Soupault: menos estático que el mÃo, y, si se me permite
una ligera crÃtica, también derivaban de que Soupault cometió el error de
colocar en lo alto de algunas páginas, sin duda con ánimo de inducir a error,
ciertas palabras, a modo de tÃtulo. Por otra parte, y a fin de hacer plena
justicia a Soupault, debo decir que se negó siempre, con todas sus fuerzas, a
efectuar la menor modificación, la menor corrección, en los párrafos que me
parecieron mal pergeñados. Y en este punto llevaba razón (10). Ello es asà por
cuanto resulta muy difÃcil apreciar en su justo valor los diversos elementos
presentes, e incluso podemos decir que es imposible apreciarlos en la primera
lectura. En apariencia, estos elementos son, para el sujeto que escribe, tan
extraños como para cualquier otra persona, y el que los escribe recela de ellos,
como es natural. Poéticamente hablando, tales elementos destacan ante todo por
su alto grado de absurdo inmediato, y este absurdo, una vez examinado con mayor
detención, tiene la caracterÃstica de conducir a cuanto hay de admisible y
legÃtimo en nuestro mundo, a la divulgación de cierto número de propiedades y de
hechos que, en resumen, no son menos objetivos que otros muchos.
En homenaje a Guillermo Apollinaire, quien habÃa muerto hacÃa poco, y quien en
muchos casos nos parecÃa haber obedecido a impulsos del género antes dicho, sin
abandonar por ello ciertos mediocres recursos literarios, Soupault y yo dimos el
nombre de SURREALISMO al nuevo modo de expresión que tenÃamos a nuestro alcance
y que deseábamos comunicar lo antes posible, para su propio beneficio, a todos
nuestros amigos. Creo que en nuestros dÃas no es preciso someter a nuevo examen
esta denominación, y que la acepción en que la empleamos ha prevalecido, por lo
general, sobre la acepción de Apollinaire. Con mayor justicia todavÃa,
hubiéramos podido apropiarnos del término SUPERNATURALISMO, empleado por Gérard
de Nerval en la dedicatoria de Muchachas de fuego (11). Efectivamente, parece
que Nerval conoció a maravilla el espÃritu de nuestra doctrina, en tanto que
Apollinaire conocÃa tan sólo la letra, todavÃa imperfecta, del surrealismo, y
fue incapaz de dar de él una explicación teórica duradera. He aquà unas frases
de Nerval que me parecen muy significativas a este respecto:
Voy a explicarle, mi querido Dumas, el fenómeno del que usted ha hablado con
mayor altura. Como muy bien sabe, hay ciertos narradores que no pueden inventar
sin identificarse con los personajes por ellos creados. Sabe muy bien con cuánta
convicción nuestro viejo amigo Nodier contaba cómo habÃa padecido la desdicha de
ser guillotinado durante la Revolución; uno quedaba tan convencido que incluso
se preguntaba cómo se las habÃa arreglado Nodier para volver a pegarse la cabeza
al cuerpo.
Y como sea que tuvo usted la imprudencia de citar uno de esos sonetos compuestos
en aquel estado de ensueño SUPERNATURALISTA, cual dirÃan los alemanes, es
preciso que los conozca todos. Los encontrará al final del volumen. No son mucho
más oscuros que la metafÃsica de Hegel o los «Mémorables» de Swedenborg, y
perderÃan su encanto si fuesen explicados, caso de que ello fuera posible, por
lo que te ruego me conceda al menos el mérito de la expresión… (12).
Indica muy mala fe discutirnos el derecho a emplear la palabra SURREALISMO, en
el sentido particular que nosotros le damos, ya que nadie puede dudar que esta
palabra no tuvo fortuna, antes de que nosotros nos sirviéramos de ella. Voy a
definirla, de una vez para siempre:
SURREALISMO: sustantivo, masculino. Automatismo psÃquico puro por cuyo medio se
intenta expresar verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el
funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la
intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral.
ENCICLOPEDIA, FilosofÃa: el surrealismo se basa en la creencia en la realidad
superior de ciertas formas de asociación desdeñadas hasta la aparición del
mismo, y en el libre ejercicio del pensamiento. Tiende a destruir
definitivamente todos los restantes mecanismos psÃquicos, y a sustituirlos en la
resolución de los principales problemas de la vida. Han hecho profesión de fe de
SURREALISMO ABSOLUTO, los siguientes señores: Aragon, Baron, Boiffard, Breton,
Carrive, Crevel, Delteil, Desnos, Eluard, Gérard, Limbour, Malkine, Morise,
Naville, Noll, Péret, Picon, Soupault, Vitrac.
Por el momento parece que los antes nombrados forman la lista completa de los
surrealistas, y pocas dudas caben al respecto, salvo en el caso de Isidore
Ducasse, de quien carezco de datos. Cierto es que si únicamente nos fijamos en
los resultados, buen número de poetas podrÃan pasar por surrealistas, comenzando
por el Dante y, también en sus mejores momentos, el propio Shakespeare. En el
curso de las diferentes tentativas de definición, por mà efectuadas, de aquello
que se denomina, con abuso de confianza, el genio, nada he encontrado que pueda
atribuirse a un proceso, que no sea el anteriormente definido.
Las Noches de Young son surrealistas de cabo a rabo; desgraciadamente no se
trata más que de un sacerdote que habla, de un mal sacerdote, sin duda, pero
sacerdote al fin.
Swift es surrealista en la maldad.
Sade es surrealista en el sadismo.
Chateaubriand es surrealista en el exotismo. Constant es surrealista en
polÃtica.
Hugo es surrealista cuando no es tonto.
Desbordes-Valmore es surrealista en el amor.
Bertrand es surrealista en el pasado.
Rabbe es surrealista en la muerte.
Poe es surrealista en la aventura.
Baudelaire es surrealista en la moral.
Rimbaud es surrealista en la vida práctica y en todo.
Mallarmé es surrealista en la confidencia.
Jarry es surrealista en la absenta.
Nouveau es surrealista en el beso.
SaÃnt-Pol-Roux es surrealista en los sÃmbolos. Fargue es surrealista en la
atmósfera.
Vaché es surrealista en mÃ.
Reverdy es surrealista en sÃ.
Saint-John Perse es surrealista a distancia.
Roussel es surrealista en la anécdota.
Etcétera.
Insisto en que no todos son siempre surrealistas, por cuanto advierto en cada
uno de ellos cierto número de ideas preconcebidas a las que, muy ingenuamente,
permanecen fieles. MantenÃan esta fidelidad debido a que no habÃan escuchado la
voz surrealista, esa voz que sigue predicando en vÃsperas de la muerte, por
encima de las tormentas, y no la escucharon porque no querÃan servir únicamente
para orquestar la maravillosa partitura. Fueron instrumentos demasiado
orgullosos, y por eso jamás produjeron ni un sonido armonioso (13).
Pero nosotros, que no nos hemos entregado jamás a la tarea de mediatización,
nosotros que en nuestras nosotros que en nuestras obras nos hemos convertido en
los sordos receptáculos de tantos ecos, en los modestos aparatos registradores
que no quedan hipnotizados por aquello que registran, nosotros quizá estemos al
servido de una causa todavÃa más noble. Nosotros devolvemos con honradez el
«talento» que nos ha sido prestado. Si os atrevéis, habladme del talento de
aquel metro de platino, de aquel espejo, de aquella puerta, o del cielo.
Nosotros no tenemos talento. Preguntádselo a Philippe Soupault:
Las manufacturas anatómicas y las habitaciones baratas destruirán las más altas
ciudades.
A Roger Vitrac:
Apenas hube invocado al mármol-almirante, éste dio media vuelta sobre sà mismo
como un caballo que se encabrita ante la Estrella Polar, y me indicó en el plano
de su bicornio una región en la que debÃa pasar el resto de mis dÃas.
A Paul Eluard:
Es una historia muy conocida esa que cuento, es poema muy célebre ese que releo:
estoy apoyado en un muro, verdeantes las orejas, y calcinados los labios.
A Max Morise:
El oso de las cavernas y su compañero el alcaraván, la veleta y su valet el
viento, el gran Canciller con sus cancelas, el espantapájaros y su cerco de
pájaros, la balanza y su hija el fiel, ese carnicero y su hermano el carnaval,
el barrendero y su monóculo, el Mississipi y su perrito, el coral y su cántara
de leche, el milagro y su buen Dios, ya no tienen más remedio que desaparecer de
la faz del mar.
A Joseph Delteil:
¡SÃ! Creo en la virtud de los pájaros. Y basta una pluma para hacerme morir de
risa.
A Louis Aragon:
Durante una interrupción del partido, mientras los jugadores se reunÃan
alrededor de una jarra de llameante ponche, pregunté al árbol si aún conservaba
su cinta roja.
Y yo mismo, que no he podido evitar el escribir las lÃneas locas y serpenteantes
de este prefacio.
Preguntad a Robert Desnos, quien quizá sea el que, en nuestro grupo, está más
cerca de la verdad surrealista, quien, en sus obras todavÃa inéditas (14) y en
el curso de las múltiples experiencias a que se ha sometido, ha justificado
plenamente las esperanzas que puse en el surrealismo, y me ha inducido a esperar
aún más de él. En la actualidad, Desnos habla en surrealista cuando le da la
gana. La prodigiosa agilidad con que sigue oralmente su pensamiento nos admira
tanto cuanto nos complacen sus espléndidos discursos, discursos que se pierden
porque Desnos, en vez de fijarlos, prefiere hacer otras cosas más importantes.
Desnos lee en sà mismo como en un libro abierto, y no se preocupa de retener las
hojas que el viento de su vida se lleva.
SECRETOS DEL ARTE MÃ?GICO
DEL SURREALISMO
Composición surrealista escrita,
o primer y último chorro
Ordenad que os traigan recado de escribir, después de haberos situado en un
lugar que sea lo más propicio posible a la concentración de vuestro espÃritu, al
repliegue de vuestro espÃritu sobre sà mismo. Entrad en el estado más pasivo, o
receptivo, de que seáis capaces. Prescindid de vuestro genio, de vuestro
talento, y del genio y el talento de los demás. DecÃos hasta empaparos de ello
que la literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a todas partes.
Escribid deprisa, sin tema preconcebido, escribid lo suficientemente deprisa
para no poder refrenaros, y para no tener la tentación de leer lo escrito. La
primera frase se os ocurrirá por sà misma, ya que en cada segundo que pasa hay
una frase, extraña a nuestro pensamiento consciente, que desea exteriorizarse.
Resulta muy difÃcil pronunciarse con respecto a la frase inmediata siguiente;
esta frase participa, sin duda, de nuestra actividad consciente y de la otra, al
mismo tiempo, si es que reconocemos que el hecho de haber escrito la primera
produce un mÃnimo de percepción. Pero eso, poco ha de importaros; ahà es donde
radica, en su mayor parte, el interés del juego surrealista. No cabe la menor
duda de que la puntuación siempre se opone a la continuidad absoluta del fluir
de que estamos hablando, pese a que parece tan necesaria como la distribución de
los nudos en una cuerda vibrante. Seguid escribiendo cuanto queráis. Confiad en
la naturaleza inagotable del murmullo. Si el silencio amenaza, debido a que
habéis cometido una falta, falta que podemos llamar «falta de inatención»,
interrumpid sin la menor vacilación la frase demasiado clara. A continuación de
la palabra que os parezca de origen sospechoso poned una letra cualquiera, la
letra l, por ejemplo, siempre la 1, y al imponer esta inicial a la palabra
siguiente conseguiréis que de nuevo vuelva a imperar la arbitrariedad.
Para no aburrirse en sociedad
Eso es muy difÃcil. Haced decir siempre que no estáis en casa para nadie, y
alguna que otra vez, cuando nadie haya hecho caso omiso de la comunicación
antedicha, y os interrumpa en plena actividad surrealista, cruzad los brazos, y
decid: «Igual da, sin duda es mucho mejor hacer o no hacer. El interés por la
vida carece de base. Simplicidad, lo que ocurre en mi interior sigue siéndome
inoportuno.» 0 cualquier otra trivialidad igualmente indignante.
Para hacer discursos
Inscribirse, en vÃsperas de elecciones, en el primer paÃs en el que se juzgue
saludable celebrar consultas de este tipo. Todos tenemos madera de orador:
colgaduras multicolores y bisuterÃa de palabras. Mediante el surrealismo, el
orador pondrá al desnudo la pobreza de la desesperanza. Un atardecer, sobre una
tarima, el orador, solito, descuartizará el cielo eterno, esa Piel de Oso. Y
tanto prometerá que cumplir una mÃnima parte de lo prometido consternará. Dará a
las reivindicaciones de un pueblo entero un matiz parcial y lamentable. Obligará
a los más irreductibles enemigos a comulgar en un deseo secreto que hará saltar
en pedazos a las patrias. Y lo conseguirá con sólo dejarse elevar por la palabra
inmensa que se funde en la piedad y rueda en el odio. Incapaz de desfallecer,
jugará el terciopelo de todos los desfallecimientos. Será verdaderamente
elegido, y las más tiernas mujeres le amarán con violencia.
Para escribir falsas novelas
Seáis quien seáis, si el corazón asà os lo aconseja, quemad unas cuantas hojas
de laurel y, sin empeñaros en mantener vivo este débil fuego, comenzad una
novela. El surrealismo os lo permitirá; os bastará con clavar la aguja de la
«Belleza fija» sobre la «Acción»; en eso consiste el truco. Habrá personajes de
perfiles lo bastante distintos; en vuestra escritura, sus nombres son solamente
una cuestión de mayúscula, y se comportarán con la misma seguridad con respecto
a los verbos activos con que se comporta el pronombre «il», en francés, con
respecto a las palabras «pleut», «y a», «faut», etc. Los personajes mandarán a
los verbos, valga la expresión; y en aquellos casos en que la observación, la
reflexión y las facultades de generalización no os sirvan para nada, podéis
tener la seguridad de que los personajes actuarán como si vosotros hubierais
tenido mil intenciones que, en realidad, no habéis tenido. De esta manera,
provistos de un reducido número de caracterÃsticas fÃsicas y morales, estos
seres que, en realidad, tan poco os deben, no se apartarán de cierta lÃnea de
conducta de la que vosotros ya no os tendréis que ocupar. De ahà surgirá una
anécdota más o menos sabia, en apariencia, que justificará punto por punto ese
desenlace emocionante o confortante que a vosotros os ha dejado ya de importar.
Vuestra falsa novela será una maravillosa simulación de una novela verdadera; os
haréis ricos, y todos se mostrarán de acuerdo en que «lleváis algo dentro», ya
que es exactamente dentro del cuerpo humano donde esa cosa suele encontrarse.
Como es natural, siguiendo un procedimiento análogo, y a condición de ignorar
todo aquello de lo que debierais daros cuenta, podéis dedicaros con gran éxito a
la falsa crÃtica.
Para tener éxito con una mujer
que pasa por la calle
… … … … … … … … … … … … … …
… … … … … … … … … … … … … …
… … … … … … … … … … … … …
Contra la muerte
El surrealismo os introducirá en la muerte, que es una sociedad secreta. Os
enguantará la mano, sepultando allà la profunda M con que comienza la palabra
Memoria. No olvidéis tomar felices disposiciones testamentarias: en cuanto a mÃ
respecta, exijo que me lleven al cementerio en un camión de mudanzas. Que mis
amigos destruyan hasta el último ejemplar de la edición de Discurso sobre la
Escasez de Realidad.
El idioma ha sido dado al hombre para que lo use de manera surrealista. En la
medida en que al hombre es indispensable hacerse comprender, consigue expresarse
mejor o peor, y con ello asegurar el ejercicio de ciertas funciones consideradas
como las más primarias. Hablar o escribir una carta no presenta verdaderas
dificultades siempre que el hombre no se proponga una finalidad superior a las
que se encuentran en un término medio, es decir, siempre que se limite a
conversar (por el placer de conversar) con cualquier otra persona. En estos
casos, el hombre no sufre ansiedad alguna en lo que respecta a las palabras que
ha de pronunciar, ni a la frase que seguirá a la que acaba de pronunciar. A una
pregunta muy sencilla será capaz de contestar sin la menor vacilación. Si no
está afecto de tics, adquiridos en el trato con los demás, el hombre puede
pronunciarse espontáneamente sobre cierto reducido número de temas; y para hacer
esto no tiene ninguna necesidad de devanarse los sesos, ni de plantearse
problemas previos de ningún género. ¿Y quién habrá podido hacerle creer que esta
facultad de primera intención tan sólo le perjudica cuando se propone entablar
relaciones verbales de naturaleza más compleja? No hay ningún tema cuyo
tratamiento le impida hablar y escribir generosamente. Los actos de escucharse y
leerse a uno mismo sólo tienen el efecto de obstaculizar lo oculto, el admirable
recurso. No, no, no tengo ninguna necesidad urgente decom prend erme (¡Basta!
¡Siempre me comprenderé!). Si tal o cual frase mÃa me produce de momento una
ligera decepción, confÃo en que la frase siguiente enmendará los yerros, y me
cuido muy mucho de no volverla a escribir, ni corregirla. Unicamente la menor
falta de aliento puede serme fatal. Las palabras, los grupos de palabras que se
suceden practican entre sà la más intensa solidaridad. No es función mÃa
favorecer a unas en perjuicio de las otras. La solución debe correr a cargo de
una maravillosa compensación, y esta compensación siempre se produce.
Este lenguaje sin reserva al que siempre procuro dar validez, este lenguaje que
me parece adaptarse a todas las circunstancias de la vida, este lenguaje no sólo
no me priva ni siquiera de uno de mis medios, sino que me da una extraordinaria
lucidez, y lo hace en el terreno en que menos podÃa esperarlo. Llegaré incluso a
afirmar que este lenguaje me instruye, ya que, en efecto, me ha ocurrido emplear
surrealistamente palabras cuyo sentido habÃa olvidado. E inmediatamente después
he podido verificar que el uso dado a estas palabras respondÃa exactamente a su
definición. Esto nos induce a creer que no se «aprende», sino que uno no hace
más que «re-aprender». De esta manera he llegado a familiarizarme con giros muy
hermosos. Y no hablo únicamente de la conciencia poética de las cosas, que tan
sólo he conseguido adquirir mediante el contacto espiritual con ellas, mil veces
repetido.
Las formas del lenguaje surrealista se adaptan todavÃa mejor al diálogo. En el
diálogo, hay dos pensamientos frente a frente; mientras uno se manifiesta, el
otro se ocupa del que se manifiesta, pero ¿de qué modo se ocupa de él? Suponer
que se lo incorpora serÃa admitir que, en determinado momento, le serÃa factible
vivir enteramente merced a aquel otro pensamiento, lo cual resulta bastante
improbable. En realidad, la atención que presta el pensamiento segundo es de
carácter totalmente externo, ya que únicamente se concede el lujo de aprobar o
desaprobar, generalmente desaprobar, con todos los respetos de que el hombre es
capaz. Este modo de hablar no permite abordar el fondo de la cuestión. Mi
atención, fija en una invitación que no puede rechazar sin incurrir en groserÃa,
trata el pensamiento ajeno como si fuese un enemigo: en las conversaciones
corrientes, el pensamiento fija y «conquista» casi siempre las palabras y las
oraciones ajenas, de las que luego se servirá; el pensamiento me pone en
situación de sacar partido de estas palabras y oraciones en la réplica, gracias
a desvirtuarlas. Esto es especialmente cierto en ciertos estados mentales
patológicos en los que las alteraciones sensoriales absorben toda la atención
del enfermo, quien, al responder a las preguntas que se le formulan, se limita a
apoderarse de la última palabra que ha oÃdo, o de la última porción de una frase
surrealista que ha dejado cierto rastro en su espÃritu:
¿Qué edad tiene usted?» – «Usted» (EcoÃsmo). «¿Cómo se llama usted?» – «Cuarenta
y cinco casas»
(SÃntoma de Ganser o de las respuestas marginales)
No hay ninguna conversación en la que no se dé cierto desorden. El esfuerzo en
pro de la sociabilidad que las preside y la costumbre que de sostenerlas tenemos
son los únicos factores que consiguen ocultarnos temporalmente aquel hecho.
Asimismo, la mayor debilidad de todo libro estriba en entrar constantemente en
conflicto con el espÃritu de sus mejores lectores, y al decir mejores quiero
significar los más exigentes. En el brevÃsimo diálogo que anteriormente he
improvisado entre el médico y el enajenado, es, desde luego, este último quien
lleva la mejor parte, ya que mediante sus respuestas domina la atención del
médico -y, además, no es él quien formula las preguntas-. ¿Cabe afirmar que su
pensamiento es el más fuerte de los dos en aquel instante? Quizá. Al fin y al
cabo, el paciente goza de la libertad de no tener en cuenta su nombre ni su
edad.
El surrealismo poético, al que consagro el presente estudio, se ha ocupado,
hasta el actual momento, de restablecer en su verdad absoluta el diálogo, al
liberar a los dos interlocutores de las obligaciones impuestas por la buena
crianza. Cada uno de ellos se dedica sencillamente a proseguir su soliloquio,
sin intentar derivar de ello un placer dialéctico determinado, ni imponerse en
modo alguno a su prójimo. Las frases intercambiadas no tienen la finalidad,
contrariamente a lo usual, del desarrollo de una tesis por muy insustancial que
sea, y carecen de todo compromiso, en la medida de lo posible. En cuanto a la
respuesta que solicitan debemos decir que, en principio, es totalmente
indiferente en cuanto respecta al amor propio del que habla. Las palabras y las
imágenes se ofrecen únicamente a modo de trampolÃn al servido del espÃritu del
que escucha. Este es el modo en que se ofrecen las palabras y las imágenes en
Los campos magnéticos, primera obra puramente surrealista, y especialmente en
las páginas bajo el común tÃtulo de «Barreras», en donde Soupault y yo nos
comportamos como interlocutores imparciales.
El surrealismo no permite a aquellos que se entregan a él abandonarlo cuando
mejor les plazca. Todo induce a creer que el surrealismo actúa sobre los
espÃritus tal como actúan los estupefacientes; al igual que éstos crea un cierto
estado de necesidad y puede inducir al hombre a tremendas rebeliones. También
podemos decir que el surrealismo es un paraÃso harto artificial, y la afición a
este paraÃso deriva del estudio de Baudelaire, al igual que la afición a los
restantes paraÃsos artificiales. El análisis de los misteriosos efectos y, de
los especiales goces que el surrealismo puede e, n, , , , g, en, drar no puede
faltar en el presente estudio, y es de advertir que, en muchos aspectos, el
surrealismo parece un vicio nuevo que no es privilegio exclusivo de unos cuantos
individuos, sino que, como el haxis, puede satisfacer a todos los que tienen
gustos refinados.
1. Hay imágenes surrealistas que son como aquellas imágenes producidas por el
opio que el hombre no evoca, sino que «se le ofrecen espontáneamente
despóticamente, sin que las pueda apartar de sÃ, por cuanto la voluntad ha
perdido su fuerza, y ha dejado de gobernar las facultades» (15). Naturalmente,
faltarÃa saber si las imágenes, en general, han sido alguna vez «evocadas». Si
nos atenemos, tal como yo hago, a la definición de Reverdy, no parece que sea
posible aproximar voluntariamente aquello que él denomina «dos realidades
distantes». La aproximación ocurre o no ocurre, y esto es todo. Niego con toda
solemnidad que, en el caso de Reverdy, imágenes como:
Por el cauce del arroyo fluye una canción
o
El dÃa se desplegó como un blanco mantel
o
El mundo regresa al interior de un saco
comporten el menor grado de premeditación. A mi juicio, es erróneo pretender que
«el espÃritu ha aprehendido las relaciones» entre dos realidades en él